Carta abierta al Santo Padre ante el ‘pecado’ de mis responsables

“Quien, por maniobras económicas, para hacer negociaciones no del todo claras, cierra fábricas, cierra empresas y le quita el trabajo a los hombres, esta persona comete un pecado gravísimo” explicaba claramente el Papa Francisco el pasado marzo en la audiencia habitual de los miércoles en la Plaza de San Pedro de Vaticano; dirigiéndose especialmente a los trabajadores de la televisión Sky Italia, allí congregados, que iban a ser despedidos. (Foto: Reuters / Tony Gentile. Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1993609-papa-francisco-quien-quita-el-trabajo-comete-un-pecado-gravisimo)

Soy un español que me llamo precisamente como Usted, habiendo formado parte de una comunidad de jóvenes jesuitas durante más de 7 años en la Parroquia de San Francisco de Borja de Madrid; y a Quien me dirijo especialmente en la necesidad de expresarle una serie de reflexiones desde mi experiencia de vida; precisamente con motivo de uno de sus más valientes discursos calificando de “pecado gravísimo” a “los que por maniobras económicas, para hacer negocios que no están claros, cierran fábricas y quitan el trabajo a los hombres”.

Posiblemente sus palabras resonaran inspiradas en la solidaridad hacia los 200 trabajadores que iban a ser despedidos de la televisión de pago Sky Italia, muchos de ellos congregados en la Plaza de San Pedro; recordando por cierto, no ya a los 200, sino a los más de 800 trabajadores que también fueron despedidos aquí en España por parte de la cadena pública Telemadrid. Sigue leyendo

Reflexiones sobre el actual sistema económico y social

(Fuente: pixabay bajo licencia Creative Commons CC0)

Tenemos un sistema que no nos ofrece satisfacer las inquietudes vocacionales del hombre, que no vale para generar una esperanza en nuestras vidas o para encontrar un sentido en ella. Tenemos un sistema que sólo permite hablar de números, de elementos tangibles, de materia, pero que es incapaz de interpretar los sentimientos de las personas, que es desde donde nace gran parte de lo que somos.

Y sobre todo tenemos un sistema que no favorece la fraternidad de esas mismas personas porque no está construido desde el respeto, ni desde los principios que organizan los demás elementos de la naturaleza, sino únicamente desde las ambiciones desmedidas del hombre. Sigue leyendo

El paro. Esa muerte lenta, sin sangre y en silencio

(Fuente: pixabay bajo licencia Creative Commons CC0)

El paro es como una enfermedad que va acabando lentamente contigo.

Tienes la sensación de no poder devolver a tu familia todo lo que han hecho por ti. Tienes la sensación de no poder devolver a la sociedad todos los recursos que durante tu formación y años de esfuerzo han puesto para ti. Tienes la sensación de no construir nada, de no aportar nada, de no poder llevar a cabo ningún proyecto de realización personal. Y tienes también una sensación de inutilidad que merma tu autoestima; de manera que con todo ello llega un momento en que ya no confías en ti y en tus capacidades, y por tanto, mucho menos eres capaz de transmitírselo a los demás.

El paro en sí es una injusticia social, una lacra producto del fracaso de un sistema cuya sostenibilidad se ha basado únicamente en las ambiciones del hombre; sólo frenadas por el miedo a cualquier otra alternativa que pudiera arrebatar el poder a quien sólo sabe alimentarse de él.

Y si esto es cierto, mucho más para quienes como yo hemos sido arrojados a su precipicio de la manera más inhumana e inmerecida, simplemente porque a alguien se le encaprichó el hacerlo; cuando en esta lucha salvaje en que se ha convertido este país ya no prima ni tu valía, ni tus conocimientos, ni esa cultura del mérito que tanto se preocupan en proclamar los políticos ; sino únicamente la capacidad para enfrentarte cada día a quien está deseando robarte tu puesto de trabajo; y para lo que desgraciadamente ni yo ni el sistema educativo que nos ha sido dado nos han preparado.

A veces nos preguntamos ¿hasta qué punto es tolerable que para ser acorde a nuestros tiempos haya que adiestrar a las personas para enfrentarlas a las demás, calificándolas eufemísticamente de más competitivas; en lugar de centrarnos en transmitir conocimientos, como se ha hecho toda la vida?

Efectivamente, todo ello no deja de resultar una gran contradicción.

Y así a las personas buenas las obligan a convertirse en alimañas, porque las que lo son no lo necesitan. Y así los que acaban perdiendo son siempre los mismos, los nobles y los honrados, que por mucho que les obligue la sociedad y pese a sus esfuerzos por ir en contra de sí mismos, no podrán renunciar a lo que son. Y así el foso en el que les han metido se va haciendo cada vez más profundo sin que nadie les tienda la más mínima cuerda ni siquiera para sujetarlos.

Eso es al menos lo que consentimos que pase en este mundo. Sobre el otro dicen que los últimos serán los primeros. Pero para entonces ya será demasiado tarde y no estaremos aquí para contarlo.

Escrito por el autor de este blog.