Los psicópatas, esos peligros sociales indetectables

Última versión: 04 04 2018 con mejoras en la redacción y detalles narrativos

Estamos en plena Semana Santa y, como todos los años, se abre el misterio de la maldad humana; ese misterio representado por el momento en que Cristo muere crucificado ante el pecado de todos los hombres, que a su vez simboliza el viacrucis de tantos casos terribles que hemos padecido últimamente. Y es que efectivamente, no bastaba con el asesinato de Sandra Palo, Marta del castillo o el más reciente de Diana Quer. Había que dar una vuelta de tuerca más y tocarle ahora a una víctima de tan sólo ocho años.

El pasado 12 de Marzo, justo al día siguiente, en la andaluza Canal Sur el periodista Modesto Barragán preguntaba a la psiquiatra Julia Cano “¿cómo se puede tener tanta maldad y no parecerlo? A lo cual ella responde: “lamentablemente hay gente así, (…) El mal está por ahí, y este tipo de personas está, y es astuto y saben jugar; juegan con unas cartas y con una escala de valores que no tenemos los demás y por ahí su aspecto normal nos hace confiar”. A lo cual añade “no estamos capacitados para detectar ese tipo de personas capaces de hacer esas cosas, que no es el enfermo mental, que se le ve trastornado y que normalmente es más inocente de males”

Así, las dos facetas del ser humano, las más perversa y cruel, y la más noble y débil, convergían enfrentándose cara a cara hasta colisionar dando lugar al trágico relato.

Así, tras varios días de incesante búsqueda, y justo coincidiendo con el aniversario del 11M, la sociedad volvía a despertarse convulsa y conmocionada, esta vez tras descubrir finalmente el cuerpo fallecido del pequeño en el interior de un maletero.

Y así, esa misma sociedad quebrada, a la cual se le sumaba el dolor de unos padres en estado de shock, asistía atónita a todo lo que rodeaba la vida y comportamiento de su presunta asesina; ese personaje al que muchos no ha dudado en calificar de frío, calculador, egocéntrico y posesivo, pero de quien también hemos sido víctimas de su gran poder de manipulación, casi hipnotizados por sus gestos, sus emociones fingidas, sus mentiras…; hasta que finalmente sus contradicciones provocaron toda una avalancha de respuestas y reacciones.

Entonces es cuando los medios de comunicación no paraban de hacerse preguntas que desgraciadamente no tenían respuesta, incapaces de acertar hasta dónde podía llegar la maldad humana y haciendo bien cierto el dicho de que el gran problema de las buenas personas es que no saben darse cuenta de la maldad de los demás.

Pero el capítulo más aterrador llegaba ahora, cuando todos reflexionábamos, no ya acerca de la maldad misma, sino de su habilidad para convivir entre nosotros como el virus incubado en la célula, siendo capaz de camuflar sus intenciones y de ejercerse de repente, en cualquier lugar, por cualquier nimio motivo, y sobre todo, en el más absoluto silencio.

Por eso, que esas respuestas difíciles que tanto andaban queriendo los periodistas, no hay que buscarlas en la barbarie de unos hechos, cuyas formas y medios podrían ser tan diversas como lo permita el maquiavelismo humano, sino en esas conciencias siniestras cuyas motivaciones oscuras y viles habitan en el interior de unas mentes muy difíciles de entender para el resto de nosotros, surgiendo por fin el debate sobre uno de esos temas tabú de los que nadie se atrevía hablar: los psicópatas y la psicopatía.

 

¿Qué es un psicópata?

Según los diversos psiquiatras y psicólogos que han estado interviniendo en los medios de comunicación, la psicopatía no parece ser ni una enfermedad ni una patología, sino una carencia que nace de la falta de empatía de unos individuos que en realidad podría decirse que son asintomáticos emocionales, es decir, su imposibilidad para experimentar estado emocional alguno; y por tanto, siendo capaces de ejecutar cualquier acción, dirigida tanto hacia el sufrimiento ajeno como hacia la muerte misma, sin que ello les suponga ningún trauma, impacto o reacción.

Asimismo, esa falta de estimulación les permite actuar con suma tranquilidad y concentración ante situaciones límite o de extremo peligro (lo cual genera una gran seguridad en los demás), al tiempo que son altamente manipuladores emulando aquellas emociones que precisamente se espera de ellos; por lo que, en contra de lo que pensamos, lejos de resultar conflictivos, se encuentran perfectamente integrados en la sociedad, y además pueden causar admiración convirtiéndose en grandes líderes.

Bien es cierto que no todas las personas que tengan estas cualidades tienen por que ser psicópatas. Entonces ningún lider sería sano. Pero si estar ser más conscientes de que detrás de su cara extrovertida y afable, también puede esconderse su lado más oscuro y tenebroso, ése que nadie es capaz de descubrir mientras pasan por víctimas y encima convierten a sus reos en verdugos. Es más. Creemos que sus hazañas sólo se circunscriben al terreno criminal, pero no necesariamente; pudiendo encontrarlas igualmente en el ámbito laboral y especialmente materializándose en lo que llamariamos el laboricidio, es decir, ese uso desviado de las estructuras laborales, y particularmente del despido, para provocar un daño suficientemente calculado en una víctima a fin de acabar con su vida profesional, e indirectamente o a través de ello, con su vida misma.

 

Concomitancias entre la maldad en el ámbito criminal y la maldad el ámbito laboral

Quizás, llegados a este punto, alguien pudiera poner el grito en el cielo al tratar de comparar dos realidades aparentemente tan alejadas. Pero hasta cierto punto, ya que si tenemos en cuenta la extrema carestía laboral a la que asistimos, y dependiendo del daño moral y profesional causado, se puede llegar a realidades parecidas como el suicidio o la depresión que, como ya hemos indicado, también pueden acabar con la viva misma.

Por eso precisamente nos parece interesante utilizar el citado concepto de laboricidio, el cual añadiría a ese despido, ya de por sí improcedente e injustificado, esa connotación de intencionalidad dolosa; donde incluso el perjuicio profesional a priori, no sería más que el escaparate de una perversión más profunda, que tendría que ver más con el deseo de destruir a la víctima a través de sus tres ejes fundamentales: el económico, el psico-social y el moral.

Y de hecho así es, dependiendo de si, por ejemplo, se aprovecha de sus condiciones de vulnerabilidad y especialmente de su propia situación de necesidad; si la lógica dependencia hacia sus superiores, así como la credibilidad empresarial, actúan como soporte a un tacticismo basado en el engaño, el chantaje y la manipulación; si a su vez estas tácticas tienen como objetivo conducirle a coartadas de difícil defensión, y no digamos si a ello le acompañan determinadas estrategias de marginación, veto y obstrucción laboral; de manera que, como decimos, el despido dejaría de tener ese valor estrictamente laboral para hablar de una realidad mucho más preocupante, como es la que tiene que ver con su instrumentación para atacar la integridad física y moral de la persona.

Así que, efectivamente, con todo ello, y habiendo observado detenidamente los diferentes elementos que componen el trágico desenlace del pequeño Gabriel, no hemos podido evitar hacer una traslación de esos mismos elementos al ámbito laboral, encontrando así toda una serie de concomitancias que son las pasamos a describir a continuación:

a) La maldad humana

Para empezar, como ya hemos indicado, la primera de ellas partiría de la maldad misma, nexo de unión de ambos ámbitos pese a su separación; ya que en realidad estaríamos hablando de un mismo objetivo como es la idea de acabar con alguien; en un caso de la manera más abrupta e inmediata como sería la muerte física, y en otro de manera más lenta e indirecta como sería a través de la muerte profesional, pero que dada su importancia vital, en ciertos casos también podría acabar en muerte física.

b) La relación de poder entre agresor y la víctima

Efectivamente, como segunda concomitancia cabe destacar la posición que ocupa el agresor respecto de la víctima, que siempre suele ser de asimetría; lo que consecuentemente implica el aprovechamiento del más fuerte frente al débil. Además, esta correlación de fuerzas siempre actúa a mitad de camino entre la fantasía del agresor y la realidad; pues precisamente uno de sus mayores goces está en esa sensación de dominio, de control y del propio poder que desgraciadamente también encontraríamos en el ámbito laboral; y siendo siempre el trabajador el que, como el niño, asume ser la parte más débil dominado por la precariedad y su constante situación de necesidad.

c) El aprovechamiento de la confianza de la víctima

Enlazando con esto último, esta concomitancia nos llevaría al abuso de la confianza de la víctima por parte del agresor; bien a través de una relación familiar (caso del pequeño Gabriel), bien a través de una relación sentimental (caso de la violencia de género) o bien a través de esa relación de dependencia del empleado respecto a su superior (caso del ámbito laboral); de manera que en cualquier caso sería esa confianza, la que por encima del grado de ingenuidad de la víctima, la se convertiría en la verdadera llave del agresor, viéndose obligada a aceptar todas sus ingerencias desde mismo el momento en que mantiene dicha relación de subordinación.

d) La utilización del engaño y la manipulación como camino hacia una coartada sin defensión

Así llegaríamos a una de nuestras concomitancias más importantes, esto es, aquellas estrategias que basándose en los dos pilares anteriores (es decir, la relación de poder y la obligada confianza que presta la parte más débil) sirven para dirigir a la víctima hacia una coartada sin defensión; por tanto, hacia ese callejón sin salida que basado en el engaño, el chantaje y la manipulación conseguirían materializar finalmente las aspiraciones más perversas del agresor. En el caso del pequeño Gabriel parece claro cuando, según se cuenta, la presunta asesina le convenció diciéndole que necesitaba que le ayudara a pintar para llevárselo a un lugar inhóspito e insospechado.

Y en el terreno laboral, basta recordar lo que significa aprovechar la situación de necesidad de un trabajador, para llevarlo engañado y bajo falsas promesas a un fin de contrato en fraude de ley; y que en realidad lo que encubría, era el veto que se le imponía un año después impidiéndole trabajar en todas las empresas de la compañía. Además, esta acción de bloqueo demostraría ese dolo malicioso en sentido amplio, es decir, aquél que vehicula al despido una intención maliciosa mucho más cruel como es la de afectar a los tres ejes fundamentales de la vida de la persona, esto es, el económico, el psico-social y el moral que citábamos antes; y de hecho, así es desde el momento en que su vida queda cercenada con más de 8 años en paro y en riesgo de exclusión social.

Sin embargo, pese a todas estas concomitancias, e incluso pudiendo tipificarse legalmente su gradación en atención a todos los factores que estamos señalando; dada nuestra experiencia, no parece que exista equiparación penal alguna en los tribunales, ni la misma capacidad de investigación por la Policía y la Guardia Civil. Y es ahí donde creemos que la sociedad, los políticos y los poderes públicos tienen que emplearse a fondo; ya que desgraciadamente las actuales indemnizaciones como despido improcedente resultan totalmente irrelevantes para estos casos, que además en última instancia asume la empresa y no el agresor, mientras éstos siguen ejecutando sus planes e incluso llegando a alcanzar a puestos de responsabilidad.

Pero hecho este inciso, como dirían esos viejos dibujos animados, no se vayan todavía porque aún hay más:

e) La envidia, los celos y el comportamiento frío como típicos patrones de los agresores

Aunque se han hecho muchas especulaciones y todavía no queda del todo claro, muchos analistas han coincidido en señalar los celos y la envidia hacia el niño como los principales catalizadores de la acción, y cierto es que en el mundo laboral, la envidia se ha convertido casi en una peligrosa enfermedad profesional; por lo que una vez más volveríamos a encontrar otro nexo de común, esta vez definido como aquellos desencadenantes que, encarnados en la figura de la víctima, representarían un obstáculo para las aspiraciones de poder e intereses del agresor.

Y en cuanto a la segunda cuestión, como ya se ha apuntado, el carácter frío, calculador y planificador, pero también su poder de manipulación, es lo que más suele caracterizar a esta clase de individuos; de manera que al utilizar y mover a los demás como si fueran fichas de ajedrez, no sólo consigan ocultar mejor sus intenciones, sino también impedir que les perjudique a ellos, permaneciendo siempre en la sombra.

f) El dejar de ser y los sueños truncados: las consecuencias letales para la víctima

Y ya, para terminar, hablaríamos de los sueños rotos del niño, aquéllos que, como ser humano, pretendía regalar a la sociedad deseando ser de mayor ese  gran biólogo que a todos nos hubiera gustado tener dedicado a la vida marina, pero que sin embargo, por fuerzas malvadas ajenas a su destino, jamás llegó a ser.

Por lo tanto, la reflexión que nos deja la parte final de toda esta historia es quizás la que más debería remover nuestras conciencias, pensando en aquellas tantas personas, que por caer en las garras de brujos malvados, vieron igualmente trucadas sus vidas y muertos sus sueños; y al final, lo único a lo que pueden resignarse es a seguir luchando por demostrar lo mejor de sí mismas reflexionando a través de espacios como éste; donde la impotencia, la rabia y el dolor tratan de transformarse en fuerza viva con la que concienciar a la sociedad, a nuestros políticos y a los poderes públicos, de aquellos peligros invisibles que nos acechan, de aquellas injusticias sin nombre; y en definitiva, de aquellos temas de los que parece que se atreve a hablar, nadie dice saber y, sobre todo, nadie quiere ver, pero que todo el mundo siente.

Reflexión realizada por el autor de este blog