Ideas y reflexiones para la próxima manifestación del 10 de Febrero #NoMasPrecariedad

El próximo 10 de Febrero se vivirá en toda España una de las manifestaciones más importantes en contra de la precariedad coincidiendo con el sexto aniversario de la reforma laboral y que ya está en Twitter con los hashtag “#10F” y “#NoMasPrecaridad”, además de la cuenta @nomasprecario.

Una manifestación que, además de recorrer las distintas ciudades, pretende ser el punto de partida para un nuevo movimiento capaz de aglutinar las más diversas injusticias sociales; de manera que podamos concienciar en la necesidad de proteger a una clase media cada vez más depauperada y cuyas consecuencias más directas, al menos para nosotros, es el preocupante descenso demográfico; pero que ni a los políticos ni a los empresarios les importa, porque ellos están tranquilos viviendo su día a día.

Convocatorias de la plataforma “No más precariedad” difundidas en Twitter

Por eso, nosotros también queremos contribuir a ello aportando diferentes ideas y reflexiones que puedan inspirar a ésta y otras próximas movilizaciones. Vayamos con ellas.

 

1. La precariedad también es una forma violencia

Casi siempre que hablamos de violencia siempre reconocemos como tal, la violencia física. Por ejemplo, los medios nos visibilizan una y otra vez la violencia doméstica, la violencia de género o la violencia de los delincuentes comunes. También se habla mucho de la violencia en el fútbol o incluso la violencia en el cine.

Pero desgraciadamente también hay otro tipo de violencia. Ésa que no se ve y, sin embargo, como la contaminación que respiramos está en el ambiente. Ésa que igualmente, como una radiactividad invisible, tiene síntomas pero sin causa aparente. Esa que, por otra parte, no se produce de golpe sino que se va acumulando en el subconsciente y nos va envenenando lentamente. Esa también que parasita nuestros sueños y va horadando tu vitalidad, tus energías, tu fuerza de voluntad hasta consumir completamente tus ganas de vivir. Y sobre todo, ésa que hace que la gente prostituya su dignidad y vea al otro, no como un apoyo o como un amigo, sino como el constante competidor a abatir; y finalmente acaben enfrentándose entre sí.

Y esa otra forma de violencia con todos sus derivados, de la que por cierto nunca se habla en los medios, es en lo que se traduce precisamente la precariedad.

Porque la precariedad en esencia es injusticia social. Y toda injusticia ya de por sí es una forma de violencia, en lo que significa violentar el estado de equidad de aquellos principios invisibles que regulan y permiten el desarrollo vital del ser humano en concordancia igualmente con las de las leyes invisibles de la naturaleza.

 

Como decimos, esa violencia que sentimos pero no vemos nos va inflamando por dentro; y como toda energía, ni se crea ni se destruye, sino que se transforma. Así que a veces, lo que erróneamente se nos muestra como violencia, no es más que la reacción de algunas personas ante toda esa violencia escondida, produciéndose una mutación en su forma y convirtiéndose así en una violencia más física y reconocible. En otras ocasiones, al ser reprimida, queda presa y puede derivar en depresión. Pero no debemos caer en ello, ni en un sentido ni en otro. Lo que debemos saber es que esa violencia en realidad viene de fuera, que se ha colado silenciosamente dentro de nosotros, y que ahora que sabemos que está ahí, ha llegado el momento de decir ¡Basta! en forma de propuestas, reformas y reivindicaciones.

 

2. Con la precariedad es imposible el trabajo en equipo porque el verdadero trabajo en equipo nace de la gente cohesionada por un fin común.

Viñeta del humorista gráfico Ferrán Martín, con motivo de la XX edición de la Muestra Internacional de las Artes del Humor del año 2013 (Fuente: https://ferranhumor.wordpress.com/2013/10/14/xx-muestra/)

“Hay que saber trabajar en equipo”. Seguro que muchos de vosotros habréis escuchado hasta la saciedad este nuevo mantra que se ha puesto últimamente muy de moda en las empresas. Es más, muchos de vosotros habrá acudido alguna vez a una entrevista de trabajo donde ha salido precisamente la famosa pregunta “¿sabe usted trabajar en equipo?”. O en otros casos te han sometido a los típicos grupos de discusión para evaluar cómo eufemísticamente sabías afrontar una situación en equipo cuando en realidad lo que se estaba evaluando era tu capacidad de luchar y arrinconar ferozmente al de enfrente, como se muestra en la famosa película de “El Método”. Con todo ello, claro, nosotros hemos respondido todo sumisos y atemorizados “por supuesto”. Pero la respuesta a esa pregunta debería hacerse con otra pregunta “¿Y usted señor de recursos humanos, sabe que con sus condiciones laborales es muy poco probable que aflore un buen ambiente de colaboración y de trabajo en equipo?”

De hecho, como ya comentábamos en otro de nuestros artículos, en el hábitat de la constante necesidad no pueden convivir ni la dignidad, ni la decencia, ni la honradez, ni la moral, sino que todo se reduce a la consecución de objetivos bajo la única visión bipolar de lo productivo y no productivo; adueñándose a su vez de nuestra libertad humana y devolviéndonos unas relaciones marcadas por la competitividad más descarnada.

Así que, en definitiva, la gente que se une en contra de quienes empobrecen a la clase media utilizando la crisis como medio de vida, eso sí sería un buen ejemplo de trabajo no equipo. Pero no el trabajo en equipo que a ciertas empresas les gusta aplicar, que no es otro que el de la lucha constante ante la incertidumbre y la necesidad que divide a las personas y hace que la gente sienta terror cada vez que a un compañero le echan a la calle por el más nimio capricho; de manera que al final, en lugar de unirse y ayudarle, lo que hacen es ignorarle y apartarle, no sea que luego vayan ellos detrás.

 

3. La muerte no sólo se produce en guerras y en accidentes de tráfico. Desgraciadamente los mayores índices de mortalidad son los provocados por el hambre y a eso parece que nos llevan.

Este es un tema tabú. Nos hacen creer que la muerte sólo está condicionada al lógico factor natural, a la enfermedad igualmente natural o como mucho a sucesos desgraciados. Pero, mal que nos pese, uno de los motivos que provocan los mayores índices mortalidad en el mundo es no tener nada que comer ni unas condiciones mínimas en las que poder vivir; siendo lo más terrible que se produce en silencio y se diluye en todo un marasmo de complejas estructuras sin ser capaces de ponerle rostro, ni nombres ni apellidos de nadie responsable.

Y es porque nos hemos acostumbrado a que injustamente los recursos del planeta (que han sido puestos a disposición por la naturaleza para todos los hombres) sean apropiados por determinados grupos para luego administrarlos a su conveniencia al resto de la humanidad; y por tanto, hacerla depender de ellos, que en el fondo es la manera de dominar y esclavizar al resto del mundo. Por decirlo de manera muy sencilla. Es como coger el agua de los ríos y de los mares y privatizarla en muy pocas manos para decidir cuándo debemos beber y no beber y bajo qué condiciones, sabiendo que como nos corten “el grifo” nos moriremos.

Esa es la situación de hoy en día. Así se adueñan de la libertad humana y de pensamiento haciéndonos creer que en realidad somos libres, pero no lo somos. Vivimos en una constante libertad condicional. Y así los Gobiernos son presos igualmente, que están en la misma rueda de vender el bien común a intereses particulares con tal de salvaguardarse su propia supervivencia.

 

4. El despido no debe considerarse como algo superfluo sino que incluso debería tener responsabilidades penales en aquellos que lo ejecuten con una intencionalidad maliciosa.

Dicho lo anterior, este es uno de los aspectos que más cuesta concienciar tanto a la sociedad como a los poderes públicos y en particular al poder legislativo.

Tradicionalmente, y sobre todo en esos países tan prósperos donde siempre nos miramos como Estados Unidos, el despido no tiene mayor importancia. Incluso hay países donde efectivamente existe el despido libre porque está admitido que una persona pueda encontrar fácilmente otro empleo y en un razonable plazo de tiempo.

Pero en España, de siempre y más actualmente, el trabajo se ha convertido en un tesoro sagrado de primer orden que casi habría que elevarlo a bien de primera necesidad (aunque los legisladores digan que en realidad no se trataría de un bien, sino de un derecho).

Es más. Actualmente, y pese a que nos quieran convencer de lo contrario, una persona despedida, según su edad y el grado de oligopolio por el que se encuentre dominado el sector de su profesión, puede quedar estigmatizada, hasta el punto de no volver a encontrar otro empleo nunca más o pasados muchos años. De ahí que se deriven también toda una serie de efectos colaterales como la ansiedad e incluso la depresión que pueden acabar con su vida mucho antes de que se materialice su muerte por la pobreza y la falta de recursos.

Y esta realidad, sin embargo, sí es muy sensible para quienes quieran aprovecharla en su sentido más perverso; pues desgraciadamente el mal no entiende de leyes, sino de utilizar cualquier resorte o resquicio para ejercerse.

Estaríamos hablando, pues, de aquellos jefes irresponsables que utilizasen el despido como chantaje, amenaza o coacción y que llegado el momento lo ejecutarían sin ningún remordimiento guiados por aspectos personales puramente emocionales como por ejemplo el odio, la envidia o venganza que pueden sentir hacia una víctima.

De modo que, efectivamente, el despido que pervirtiese así el uso de la norma y la dirigiese hacia un uso desviado que el legislador jamás pudo prever, como es ésta alejada de cualquier hecho objetivo justificable desde la empresa o el trabajador y bajo su única instrumentalización al servicio de una intencionalidad consciente y maliciosa, entendemos que debería conllevar además una responsabilidad penal para quien así lo haya ejercido; sobre todo en los casos donde se demuestre mayor perjuicio para la víctima, y máxime si también ha podido mediar el engaño y tácticas fraudulentas.

Incluso si aplicamos estos casos a la forma de proceder actual, no sólo es injusto para el trabajador sino también para la empresa; pues esa responsabilidad siempre acaba diluyéndose en ella, que es quien en última instancia asume, o bien la indemnización de 33 días por año trabajado como despido improcedente en el ámbito laboral, o bien las indemnizaciones civiles que correspondan si ha habido perjuicios en la imagen y honor del trabajador, o bien las dos cosas.

Además, independientemente de la correspondiente medida legislativa, los poderes públicos deberían otorgar a esas personas la misma condición que las que han sido, por ejemplo, víctimas de violencia doméstica o de género, garantizándoles así ayudas ante su grave perjuicio moral y profesional y facilitándoles igualmente el acceso a la función pública.

 

5. No tenemos miedo

Finalmente terminamos con la reflexión que significa no tener miedo. No tener miedo a que nos despidan porque ya nos despidieron. No tener miedo a no tener trabajo, porque muchos llevamos bastantes años sin trabajo y posiblemente nunca lo volvamos a recuperar. No tener miedo a no tener casa porque no podemos comprarlas o porque incluso nos las quitaron. No tener miedo a no tener hijos porque, de hecho, la precariedad nos impide tenerlos. Y en todo caso a lo único que sí le podemos tener miedo es a la depresión por las injusticias sociales que pueden acabar en suicidios. Y por eso, como decimos, lo único bueno y de lo que podemos estar orgullosos es no tener miedo a salir a la calle una y otra vez, y alzar nuestra voz, porque ya no tenemos nada que perder. Ésa debe ser nuestra gran fuerza.

 

Conclusión

Esto no son más que una serie de ideas, pero podrían ser muchas más. En definitiva, lo que pretendemos con esta contribución es que el movimiento no sólo sea una forma de protesta, sino también una manera de concienciación social junto a la exigencia de cambios en lo que sería la necesidad de erradicar tanto la política cómoda, como el juego de quienes siguen utilizando la mal llamada crisis para empobrecer a la clase media; mientras no hacen más que engordar sus cuentas de resultados y encima tratan de escapar del fisco sin ni siquiera contribuir a los beneficios sociales.

Para los que siguen envueltos en la bandera de las cifras una y otra vez, tienen que saber que las cifras no tienen rostro, ni hablan de historias ni de injusticias. Y si no se despierta a esta realidad, es decir, si los políticos siguen sin demostrar ser capaces de “trabajar en equipo” para enfrentarla estudiando injusticia por injusticia y cómo compensarla, mucha gente seguirá votando desde el dolor de sus heridas; asistiendo a la actual fragmentación política, que puede ser mucho mayor en un futuro sin que de nuevo exista una mayoría significativa; y siendo, por tanto, éste uno de los factores que más comprometerá la estabilidad y gobernabilidad del país.

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Fuente de las ilustraciones: Piaxabay bajo licencia bajo licencia Creative Commons CC0