Un año más…

(Fuente: pixabay bajo licencia Creative Commons CC0)

Un año más el sol sale por el este y se pone por el oeste, Ana Blanco presenta el Telediario y Jordi Hurtado Saber y Ganar. Un año más los políticos nos envilecen con sus luchas intestinas, mientras manipulan a las masas con promesas incumplidas y la gente no vota con ilusión, sino con odio y con venganza, desde el dolor de su traición y el escozor de sus heridas.

Y mientras tanto, un año más pedí ayuda donde nadie quiso dármela, tuve paciencia donde ya no me quedaban fuerzas y caminé por un camino desértico donde ya no se hace camino al andar, como diría Machado; porque tu camino se desdibuja en una maraña de desdichas e infortunios, de maldades, injusticias y traiciones convirtiéndose en un círculo prisionero y sin retorno. Y en ese año más, agotado e impotente ante el ocaso de mis ideas, no me quedó más remedio que rendirme a batirme en duelo una vez más con mi destino quebrado.

Y entonces miré al cielo pensando en esos sueños imposibles cuando los reales ya no existen. Y entonces creí ingenuamente que quizás existiera justicia divina donde no existe justicia real. Y entonces rogué a Dios a ver si era capaz de compensarme poniendo su dedo donde otros sólo lo ponen para destrozarme. Y efectivamente un veintiuno de Diciembre, coincidiendo con la llegada del gélido invierno, un año más compré un décimo de lotería de Navidad. Qué digo uno. Dos, tres, por qué no cuatro. Hay que ser generosos con la voluntad de quien rige los designios de tu vida. Pero un año más los números a los jugué nunca tocaron y a los que nunca jugué, por no pasar ni siquiera por el humilde bar de al lado, esos, con el gordo incluido, sí que tocaron.

Así que un año más me hago múltiples preguntas sin respuestas. Por qué siempre triunfan los viles y por qué nadie compensa a los débiles. Por qué se marginan a los que no tienen palabras para expresar lo que sienten y se permite a los que envenenan con ellas. Por qué los honrados se convierten en mendigos y los cretinos se enriquecen.

Por eso año tras año, la metralla inflamada en las venas arde silenciosa mientras nuestra vida se sigue consumiendo, se apaga, se desvanece. Y nos preguntamos de nuevo ¿qué bendición tienen de Dios quienes sólo supieron abusar de mi bondad, de mi nobleza y de mi confianza? ¿qué bendición tienen de Dios para triunfar a costa de echarme sogas al cuello en lugar de tenderme una mano sincera? ¿qué bendición tienen de Dios quienes finalmente me rociaron con la humillación y el desprecio, para finalmente condenarme a la muerte silenciosa del paro? ¿Y sin embargo, qué condena tengo yo de ese mismo Dios para permitir esa misma muerte por aquellos que injustamente me condenan?

Y así, por tanto, un año más, unos responsables fríos en Telefónica Servicios Audiovisuales se ríen de ese mismo Dios que lo entierran cada día mientras brindan con champán la llegada de su nuevo año teñido de sus victorias oscuras, de sus despidos injustos que las leyes les consagran; mientras, como digo, yo sigo encerrado en el ataúd de mi desgracia, de mi paro eterno e infinito que a la edad de casi cuarenta años, a la muerte me condenan.

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