La verdadera lectura del fenómeno de los populismos

Posiblemente nadie esté convencido de que los populismos sean lo mejor, pero sí el mejor modo de expresar el descontento social y sobre todo de amenazar como una venganza colectiva en el lenguaje del miedo que es lo único que parecen entender los engendros oscuros del sistema que padecemos.

Por otra parte, no hay ninguna propuesta política que reúna lo que realmente el ciudadano desearía, sino que todas son opciones cerradas; de ideas que vienen en un pack a la hora de votar, las que quieres y las que no quieres. Lo que es bueno por un lado, es malo por el otro. Y nos recuerda a aquel soberbio sketch de José Mota en la nochevieja de 2015, llamado “Mac Voto”, donde un pobre ciudadano pide un poco de todo lo que no servirá para nada y terminará usándose como papel higiénico.

Las repercusiones globales de movimientos sociales que acaban cristalizando en la política son la suma de historias personales, en la intimidad de cada cual, que son a su vez las que realmente provocan en su conjunto esas manifestaciones globales; siendo estas últimas las que sólo nos preocupamos de ver, porque son también las que sólo se ven en televisión. Pero las del despido injusto y con alevosía, las de las prácticas precarias y el máster abusivo que además te engañaron, de eso apenas se habla en ninguna parte; aunque sea lo que en primera persona, y antes que nada, cada uno sufre y desencadena los hechos que acaban cruzando el rubicón de la política y teniendo esas consecuencias a nivel global. He ahí, pues, señores periodistas, donde deben que buscar la motivación de sus votantes en esos nuevos movimientos sociales y no en el lenguaje frío de encuestas que además acabarán curiosamente equivocándose; porque las historias personales, ésas nadie las quiere contar y a las cámaras tampoco les importan.

Y es que hay que ser conscientes de que la gente no sólo se ve diezmada de sus ahorros y de sus casas, sino de sus principios y valores de toda la vida, y por supuesto de sus ilusiones; en el contraste de lo que esperaban tanto de su vida como la de sus hijos y lo que la vida les acaba deparando inmerecidamente. Una importante frustración de sus expectativas en el que también podemos observar la clara diferencia generacional entre nuestros padres y cada generación de jóvenes que sale de la factoría del nuevo neoliberalismo extremo que sufrimos (y que no es el capitalismo social que se vivió en tiempos de la Guerra Fría); todos ellos imbuidos por esa ideología del “carpe diem”: vive como sea hoy, porque este barco que inevitablemente está decrépito y hundido no sabemos cuánto tardará en hundirse por completo. Eso; mientras les han enseñado que lo importante es sobrevivir a costa de lo que sea, sin ningún escrúpulo ni conciencia moral para conseguirlo.

Por otra parte dicen también que los populismos son dictaduras encubiertas o que pueden acabar en ellas. Pero es que las democracias occidentales también lo son desde el momento en que la dictadura del capital se impone sobre la voluntad de los gobiernos chantajeando a su dirigentes a cambio de suculentos puestos en los consejos de administración de determinadas empresas. Y cuando vamos cediendo progresivamente libertades a favor de la seguridad entonces el camino hacia ellas va siendo mucho mayor. Diremos en todo caso cuál de los sistemas nos parece menos dictadura entre todas las dictaduras, porque en el fondo todos lo son y el hombre ante el poder nunca cambiará.

Y así, pues, todo ello podría culminar en una guerra, y posiblemente vayamos hacia ello. Porque el capital necesita hacer negocio sin importar las vidas humanas. Pero mientras tanto, la guerra ya se está produciendo. No es una guerra con armas y en las que haya sangre. Es una guerra económica, de control de recursos, de empobrecer a una clase media que en otro tiempo interesaba proteger ante la amenaza del comunismo; es una nueva guerra que se hace también a través de los ordenadores, como es la de la propaganda; y es sobre todo esa nueva violencia técnica o tecnificada con la que convivimos cotidianamente que no deja rastro, pero que se cuela igualmente en las conciencias humanas dejando todo su veneno y deseo de destrucción en las personas; cuando no provoca la destrucción de ellas mismas mediante suicidios.

Es decir, la de ese compañero de trabajo que te está haciendo la vida imposible para que te echen como sea y quedarse él, la del pobre niño que sufre bulling mientras el colegio lo niega y tiene que acudir un programa de televisión en su auxilio, la del banco que te engañó con las preferentes para intentar quedarse con los ahorros de toda tu vida, o el de las eléctricas o esas compañías de telefonía donde el cliente no es más que un medio para sus luchas intestinas y fraticidas. Su escenificación, reflejo también de la sociedad que vivimos, es el que se produce igualmente en las tertulias televisivas; alimentadas con la carnaza de la indignación y convertidas en verdaderos arsenales de agitación y griterío de una belicidad linguistica nunca antes conocida, que va en aumento a la vez que curiosamente ya nos hemos acostumbrado; y que nunca utiliza la palabra como reflexión, ni como argumento, ni como aportación, sino como mero arsenal para clavárselo al contrario; mientras ese mismo contrario reacciona con toda su furia ante el dolor provocado, consiguiendo la necesaria confrontación para seguir arañando una décima más en el ‘share’ de las audiencias. En el peor de los casos hay tertulianos que terminan dejando los platós, para evitar males mayores. Y en el caso del fútbol todo esto se eleva a le enésima potencia.

En definitiva, y volviendo al principio, es el mundo donde los populismos arraigan y de qué manera, en una sociedad sin voz y desconcertada, en una sociedad de clase media  frustrada y destrozada que además se siente desamparada al borde de su catarsis. Ellos no son la solución, y pensamos que mucha gente es consciente de ello, pero aún así les votan y atrapan votos de quienes nunca les votarían, porque lo que sí representan es la venganza de muchos ante esa violencia técnica e injusticias sufridas en el anonimato de unas vidas rotas y vacías.

Historias como la nuestra, vivida en Telefónica, en lo que significa ser tirado a las pirañas del paro durante 7 años después de una carrera y dos másters serán sin duda un buen alimento para los populistas. Deber de las Instituciones, los legisladores y las empresas como mis responsables en Telefónica Servicios Audiovisuales para impedirlo. Muy sencillo. Lo primero de todo disculpas, después indemnización real por daños y perjuicios en estos más de 7 años, no la indemnización de vergüenza por despido improcedente y readmisión con contrato blindado como los funcionarios del Estado. Y los populismos se acabaron. ¿Qué no puede ser? Habrá populismo, aunque nos convenzan que con ellos se terminará el mundo.

Reflexión realizada por el autor de este blog Despido Indecente.

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