¿Un mundo libre o de murallas invisibles?

Desde tiempos del imperio romano todos sabemos que cuando a un pueblo no se le podía ganar por las armas la estrategia era aislarlo; de manera que sus soldados finalmente, o terminaban rindiéndose ante la falta de provisiones, o acababan muriendo asediados por el hambre.

Así que más tarde, tal estrategia se enraizaría en lo que quizás todos conozcamos como el bloqueo económico; es decir, la manera en que igualmente puede aislarse a un país impidiendo todos aquellos intercambios comerciales necesarios para su supervivencia. Además, todo esto es mucho más fácil desde el momento en que se han creado una serie de interesadas dependencias energéticas, de manera que al final la mayoría de países acaben bajo el poder de unos pocos, que es la forma moderna de controlar su libertad.

Pero lo más preocupante es que quizás esos mismos mecanismos que hasta ahora se han podido producir a nivel macro puedan estar empezando a producirse también a nivel micro, dada la era de la globotecnología en la que nos encontramos y la cantidad de información personal que, sin saberlo, delegamos en las empresas y ellas tienen de nosotros. ¿Cómo poder asegurar que, pese a las rigurosas normas en protección de datos personales, no haya como en todo, un mundo oscuro y opaco al que las autoridades no puedan acceder?

Hace no mucho, en noviembre de 2015, saltó la noticia del caso de una contrata de Telefónica llamada Cotronic. Un trabajador, de los muchos que pudiéramos imaginar, fue despedido y lógicamente lo denunció ante los juzgados; siendo declarado finalmente como improcedente y debiendo abonar la empresa al trabajador su correspondiente indemnización, tal y como así está establecido. Pero curiosamente, al cabo de un tiempo empezó a sentir cómo, pese a su experiencia y conocimiento, tenía poderosas dificultades para encontrar otro empleo. Hasta que tras conseguir, por fin, pasar la entrevista y hasta el reconocimiento médico de otra contrata llamada ITETE (Instalaciones y Tendidos Telefónicos S.A), ésta le comunicó que no podía contratarlo porque estaba vetado por Telefónica tal y como en su día pudimos leer en distintos diarios como El Mundo, Veinte Minutos o Pontevedra Viva (ver enlaces relacionados)

El caso le costó volver de nuevo a los juzgados, pero no ya a los sociales sino a los civiles. Lo perdió en primera instancia y de nuevo en segunda, jugándose el pellejo (pues ya sabemos lo que implica perder estos pleitos en concepto de costas)

Hasta que a la tercera, como dicen, va la vencida y el Tribunal Supremo consiguió finalmente hacer justicia bajo la base de que era la empresa y no el trabajador quien debía presentar prueba de los hechos denunciados. Y efectivamente, como no fue así, la víctima ganó un juicio, que ponía al descubierto por primera vez en España y ante un tribunal, la maquiavélica y sucia estrategia de cómo a un trabajador se le puede llegar a aislar, igual que a cualquier país en tiempos de guerra, teniendo en cuenta además que hay profesiones cuyo mercado está prácticamente condicionado por una situación de oligopolio.

Pero es que sin ir a este caso tan extremo pensemos también en lo que sucede, por ejemplo, cuando un medio de comunicación incómodo trata de sacar verdades que molestan, no tanto a los políticos, sino a los poderes financieros que los sostienen. Lo primero que ocurre es que los mismos anunciantes dueños de esas mismas grandes empresas retiran su publicidad. De esta forma, el medio va teniendo dificultades para pagar a sus trabajadores, atender a sus proveedores, devolver los créditos que en su momento suscribió con los bancos; y en definitiva, se va quedando sin provisiones desembocando en el mismo bloqueo económico de ese trabajador que se encontraría vetado para encontrar otro empleo; recordando así a los antiguos asedios, como hemos indicado al principio, de aquellos pueblos que nunca se conseguían vengar por las armas, sino por su aislamiento y por el hambre.

Así pues, si todo esto no es difícil de imaginar, y después de los sucedido con el trabajador de esta contrata de Telefónica llamada Cotronic ¿por qué no pensar que si tan fácil es tendernos puentes en el mundo interconectando de hoy en día también lo sea para levantarnos murallas acorazadas a un solo clic de ratón?

Y ya no estamos hablando sólo de posibles listas y de tráfico de datos personales, que vamos a considerar que están suficientemente y rigurosamente controladas, sino de algo mucho más simple y a la vez difícil de probar; como por ejemplo, aquéllas personas de relevancia, que por motivos personales y aprovechándose de su credibilidad profesional, pueden cargar tranquilamente a las espaldas de otras empresas (dado que además a medida que subimos en la pirámide son menos y se conocen más). Como decimos ¿dónde quedaría esa conversación, incluso en el anonimato de un bar, pero cuyos efectos podrían ser igualmente demoledores?

Así que ahora que tanto se habla de las llamadas “penas de Telediario” para los políticos y, por tanto, de que lo que hay que hablar es de “investigados” y no de “imputados”; hemos de añadir que, pese a ello, todos ellas gozan de un “status quo”, es decir, una posición económica y social cuya vida jamás va a peligrar.

Sin embargo, la de ese pobre trabajador que por defender su dignidad y sus derechos puede acabar aislado sin que muchas veces se pueda probar, eso sí que puede terminar con su muerte; y no ya la laboral, como decimos, sino la causada por el hambre y la desesperación al no poder encontrar ningún otro empleo. ¿Y ahí qué pasa? ¿no se comportarían esas celdas invisibles del paro prácticamente como las de la cárcel; cuando de lo que hablamos, en definitiva, es del aislamiento de las personas privándolas en este caso de una libertad tan importante como la del empleo?

Así que ¿no debería, por lo menos, el Estado mediar más ante estas situaciones tan graves y auxiliar a quienes tengan indicios suficientes para sospechar? ¿o esperamos a tener pruebas cuando alguien se suicida y entonces empezamos a pensar qué pudo pasar?

Una vez más son preguntas que nos dejan inquietantes silencios; silencios de una realidad que bien pudiera inspirar a cualquier director del mejor cine argentino, aunque desgraciadamente difícilmente alcanzable una vez más por nuestras actuales leyes caducas, y por si fuera poco con efectos evidentes, pero con causas complejas de probar.

Reflexión escrita por nuestro blog “Vida Precaria”. Fuentes y enlaces relacionados:

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