El paro. Esa muerte lenta, sin sangre y en silencio

(Fuente: pixabay bajo licencia Creative Commons CC0)

El paro es como una enfermedad que va acabando lentamente contigo.

Tienes la sensación de no poder devolver a tu familia todo lo que han hecho por ti. Tienes la sensación de no poder devolver a la sociedad todos los recursos que durante tu formación y años de esfuerzo han puesto para ti. Tienes la sensación de no construir nada, de no aportar nada, de no poder llevar a cabo ningún proyecto de realización personal. Y tienes también una sensación de inutilidad que merma tu autoestima; de manera que con todo ello llega un momento en que ya no confías en ti y en tus capacidades, y por tanto, mucho menos eres capaz de transmitírselo a los demás.

El paro en sí es una injusticia social, una lacra producto del fracaso de un sistema cuya sostenibilidad se ha basado únicamente en las ambiciones del hombre; sólo frenadas por el miedo a cualquier otra alternativa que pudiera arrebatar el poder a quien sólo sabe alimentarse de él.

Y si esto es cierto, mucho más para quienes como yo hemos sido arrojados a su precipicio de la manera más inhumana e inmerecida, simplemente porque a alguien se le encaprichó el hacerlo; cuando en esta lucha salvaje en que se ha convertido este país ya no prima ni tu valía, ni tus conocimientos, ni esa cultura del mérito que tanto se preocupan en proclamar los políticos ; sino únicamente la capacidad para enfrentarte cada día a quien está deseando robarte tu puesto de trabajo; y para lo que desgraciadamente ni yo ni el sistema educativo que nos ha sido dado nos han preparado.

A veces nos preguntamos ¿hasta qué punto es tolerable que para ser acorde a nuestros tiempos haya que adiestrar a las personas para enfrentarlas a las demás, calificándolas eufemísticamente de más competitivas; en lugar de centrarnos en transmitir conocimientos, como se ha hecho toda la vida?

Efectivamente, todo ello no deja de resultar una gran contradicción.

Y así a las personas buenas las obligan a convertirse en alimañas, porque las que lo son no lo necesitan. Y así los que acaban perdiendo son siempre los mismos, los nobles y los honrados, que por mucho que les obligue la sociedad y pese a sus esfuerzos por ir en contra de sí mismos, no podrán renunciar a lo que son. Y así el foso en el que les han metido se va haciendo cada vez más profundo sin que nadie les tienda la más mínima cuerda ni siquiera para sujetarlos.

Eso es al menos lo que consentimos que pase en este mundo. Sobre el otro dicen que los últimos serán los primeros. Pero para entonces ya será demasiado tarde y no estaremos aquí para contarlo.

Escrito por el autor de este blog.

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